https://www.msn.com/es-es/noticias/internacional/masones-la-hermandad-del-misterio/ar-AAyr8gl?li=BBpmbh
Rubén
tiene 42 años y es aprendiz de masón. Por eso, esta noche su papel
consistirá en escuchar, hablar poco y servir la mesa a sus hermanos de
la logia Phoenix durante el ágape. Hijo de taxista y ama de casa,
soltero, sin pareja, gestiona pequeños negocios familiares. Hace tres
meses, emprendió el viaje iniciático en uno de los dos templos que
albergan los sótanos de la Gran Logia de España. Su sede ocupa la planta baja de un inmueble madrileño a un corto paseo del estadio Santiago Bernabéu.
Protegida por un portón de seguridad, solo dos columnas a cada lado de
la entrada y las iniciales de la institución grabadas en piedra —“G. L.
E.”—, bajo la figura de una escuadra y un compás entrelazados, apuntan
desde la calle lo que oculta su interior. Dos noches al mes, este
espacio queda reservado a los integrantes de la logia Phoenix, una de
las 19 que hay en Madrid. Hacia las ocho de la tarde de un martes casi
veraniego, Rubén y sus hermanos descienden las escaleras de camino al
templo. Todos son hombres. Visten de riguroso luto como marca la
etiqueta del cónclave, llamado tenida en su jerga. Camisa blanca con
corbata y traje oscuros. Estrechan sus manos cubiertas con guantes
blancos, subrayando con gestos sus estatus de aprendiz, compañero o
maestro, grados fundamentales de la masonería. Mientras anudan los
mandiles a la cintura, repiten la misma broma al profano intruso.
“¿También vienes al entierro?”.
Los mandiles blancos delatan a los aprendices.
Rubén brujulea entre ellos, colocando cestas de pan en la gran mesa en
forma de U para el ágape que abrochará la reunión. Solo vendrán una
veintena de los 40 miembros de la logia Phoenix. Los ausentes —y muchos
asistentes— manifiestan pánico a salir en un reportaje. Tienen miedo de
lo que puedan pensar sus familiares o sus jefes. En España, la mayoría
oculta su condición. Pesan las leyendas negras y la memoria de la
represión durante la dictadura franquista. Muy pocos lo confiesan en el
trabajo, al contrario que en EE UU, donde se menciona en el currículo.
Para muchos son una secta. Ellos lo niegan. “No tenemos dogmas y defendemos la libertad de pensamiento”.
Trescientos
años después de su fundación en una taberna de Londres, la fraternidad
universal de los masones sigue envuelta en misterio. Viven
entre sombras durante el día. Celebran cónclaves en la noche. Practican
rituales medievales en los templos, custodiados por vigilantes que
defienden espada en mano la entrada de cualquier profano intruso. Nadie,
salvo ellos entre sí, sabe lo que son. Se reconocen mediante gestos.
Tienen su propio lenguaje, preñado de simbología. Cuentan con un
calendario y con una jurisdicción paralela para dirimir sus cuitas y,
llegado el caso, dictar la expulsión. En pleno siglo XXI, la vertiente
ortodoxa o “regular”, mayoritaria de la institución y reconocida por las
grandes logias internacionales, mantiene entre sus reglas la creencia
en un dios creador y la prohibición de admitir mujeres. Unas exigencias
obviadas en las heterodoxas “obediencias irregulares”. Todos siguen
asociados a cenáculos de poder y conspiraciones. “Soy consciente de la
parte oscura que muchos ven en nosotros”, dice Rubén, el aprendiz.
“Tendrán que pasar en España un par de generaciones para que
desaparezcan los estigmas”.
Los mandiles de los más veteranos de Phoenix lucen símbolos del rito por el que funciona esta logia: el llamado “de emulación”, de origen británico, uno de los muchos que se practican en la masonería.
Rosetones azules sobre fondo blanco, borlas plateadas y cruces de tau
invertidas marcan grados de compañero o maestro, así como los oficios
que ejercen. Tesorero, secretario, oficial, guardatemplo… El
aspirante a formar parte de la logia pisa por primera vez el suelo
ajedrezado del templo con los ojos vendados. Además de ciego, cruza ni
vestido ni desnudo el umbral flanqueado por dos columnas salomónicas.
Lleva la camisa abierta dejando medio torso al descubierto, con el pecho
izquierdo al aire y una soga alrededor del cuello. Otro hermano que
ejerce de Lázaro conduce sus pasos hacia el sillón del venerable maestro
de la logia, siempre situado al oriente, por donde sale el sol, y le
susurra al oído las respuestas a las preguntas del compromiso que ha de
jurarse sobre los tres principales símbolos: la escuadra, el compás y el
libro sagrado. Antes de ser despojado de la venda y empezar a ver la
luz del misterio, el iniciado en el rito de emulación siente la punta de
un puñal oprimiendo su pecho, prueba de que el incumplimiento de su
palabra traerá consigo el desprecio de sus semejantes. Se le anuncia la
prohibición de desvelar cualquier misterio de la Orden. Mantener
secretos durante siglos les ha permitido confabularse al margen del
orden establecido. “La sensación que tienes al iniciarte es la de estar
ante el examen de un tribunal”, dice Rubén. “Llegas nervioso. No sabes
lo que te va a pasar. Si entras es porque el resto de hermanos te han
dado un voto de confianza. No es una única cosa la que te trae hasta
aquí. Es la mezcla entre buscar un crecimiento personal y querer
encontrarlo en una comunidad sin dogmas. Aquí hay normas, pero no
dogmas. Desde pequeño he prestado atención a mi forma de relacionarme
con los demás. Quizás esto es algo que busqué siempre: un espacio de
fraternidad donde compartir asuntos relacionados con el pensamiento”.
Entre
los hermanos de Rubén está Jesús, profesor universitario de economía a
punto de jubilarse y maestro en Phoenix. “A mí me habló de la masonería
una antigua novia”, cuenta Jesús. “A los 65 años, dije: o me meto ahora,
o no lo haré nunca. Buscaba un refugio de elevación personal”.
Eduardo, aprendiz madrileño de 43 años, se inició en Lima, donde vivió
una temporada. “Soy católico, no muy practicante. Aquí he encontrado un
sistema para mejorarme y practicar la libertad de pensamiento en grupo”.
Roberto, ingeniero de 41 años, soltero y sin pareja, también lleva el
mandil blanco de aprendiz. “Siempre he tenido presente la parte
esotérica de las cosas. Soy introspectivo y aquí he encontrado
solemnidad. Rechacé otras obediencias simbólicas para entrar en la
masonería regular. Ya que decidí meterme, he buscado la ortodoxia”.
Exactamente a las
20.30, Javier Escalada, a la sazón gran maestro de la Gran Logia
Provincial de Madrid, ordena en voz alta a las puertas del templo:
“¡Hermanos! ¡Prestad atención a la entrada del venerable maestro
acompañado de sus oficiales!”. Unos bafles cascados escupen una pieza de
música clásica que acompaña al cortejo. Sus miembros giran a paso
marcial en torno al damero central del suelo. El venerable maestro es el
primero en llegar al oriente de la sala para ascender tres peldaños y
ocupar su trono. Sobre su mesa, un ejemplar de la Biblia, un compás y un
mallete que marcará el ritmo de la ceremonia. A su espalda, las siglas
ALGDGADU (A La Gloria Del Gran Arquitecto Del Universo). La formación
sigue girando por la sala a paso castrense. Los oficiales son llevados
de la mano hasta sus asientos mientras ejecutan una suerte de baile
circular. Tras el cierre de la puerta del templo suenan Las cuatro estaciones, de Vivaldi. Se anuncian las excusas de los ausentes. Con tres golpes de mallete, queda abierta la sesión.
Fernando Castilla, empresario de 53 años, casado y con hijos, ejerce hoy de guardatemplo
exterior. Vigila desde fuera la puerta cerrada para impedir, armado con
una espada, que ningún profano irrumpa mientras se desarrollan los
trabajos de la tenida. Maestro instalado de Phoenix, se inició en 2001.
“Acabas tus estudios, encuentras un trabajo, formas una familia. ¿Y
ahora qué? Y esto de la masonería, ¿qué será? Ahí empezó mi curiosidad.
Tras muchos años, a veces da pereza ponerte el traje oscuro y dejar
otros planes para venir. Pero merece la pena pasar con mis hermanos un
par de martes al mes desde el ocaso hasta la madrugada. Somos personas normales, salvo durante el ritual. Este es nuestro jardín secreto”.
La semilla de la masonería prendió en el verano de 1717, cuando un puñado de caballeros londinenses fundó la Gran Logia de Inglaterra. Un espacio de fraternidad por encima de las creencias, donde cristianos, judíos y musulmanes compartían inquietudes y podían contrastar ideas en libertad.
En 1723, las conocidas como Constituciones de Anderson establecieron su
corpus jurídico. El primer artículo exige la creencia en el Gran
Arquitecto del Universo. Sus seguidores heredan el conocimiento
simbólico del Arte Real de la Construcción de los albañiles (maçons, en francés) que levantaron las catedrales medievales. Así nació la francmasonería o freemasonery, originaria de los gremios donde los free masons
eran albañiles, constructores, pedreros o canteros con libertades o
privilegios. El sistema basado en el simbolismo de la construcción
aspira a que sus miembros desarrollen la capacidad de aprendizaje,
reflexión y diálogo para transmitir a su entorno la misión
perfeccionadora que anhelan mediante la construcción del templo
simbólico de cada ser humano. El esoterismo, el misterio y el secreto
forman su esencia, y los grados marcan el avance en el conocimiento.
Como analizaba un reciente artículo de The Economist,
“la francmasonería puede parecer incomprensible porque no lleva
aparejada ideología o doctrina algunas, y en cambio se define por un
acuerdo de hermandad universal y un desarrollo personal. No existe un
único cuerpo gubernativo. Está compuesto por una libre red de grupos,
conocidos como logias, bajo la autoridad regional y nacional de las
grandes logias”.
La Orden ha servido de refugio a liberales y demócratas.
Desde su fundación ha sido perseguida por regímenes totalitarios y hoy
sigue suscitando rechazos. En Italia, el borrador del acuerdo de
Gobierno populista entre la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas
incluía este mandato: “No pueden formar parte del Gobierno los sujetos
que pertenezcan a la masonería”. El Gran Oriente de Italia exigió la
intervención del presidente de la República contra la medida, catalogada
como “discriminación odiosa que recuerda a las leyes fascistas”.
En cuestiones de fe,
los masones regulares apelan a su integración religiosa. Pero la Iglesia
católica declaró su incompatibilidad en diversos pronunciamientos y el
anterior Código de Derecho Canónico preveía la excomunión. Ellos se
definen defensores del progreso del hombre y de su desarrollo
filosófico, espiritual y filantrópico. Tienen prohibido el proselitismo,
aunque el verdadero afán de las logias es hacer masones y propagar los
principios de libertad, igualdad y fraternidad que impulsaron la
Ilustración y la Revolución Francesa. Hoy sufren la fuga de miembros en
bastiones como Estados Unidos, donde fundadores como George Washington y
varios presidentes han sido masones. En 1959 contaban con cuatro
millones de miembros. Ahora hay un millón.
“La
ascensión del individualismo, el surgimiento de nuevos lugares de
socialización, como las redes sociales, la aversión al compromiso y la
falta de renovación de un enfoque centrado en la filantropía, que no
fomenta la incorporación de nuevas generaciones al no ofrecer otros
universos de mayor significado, están entre las causas del descenso de
miembros entre las grandes logias de raíz anglosajona”, explica
Jean-Pierre Rollet, gran canciller de la Gran Logia Nacional Francesa, que aglutina a 30.000 miembros regulares del total de 120.000 masones que
hay en el país, repartidos entre las diversas obediencias. “En grandes
logias tradicionales de Europa y América Latina el desinterés no es tan
acusado porque la institución responde a la sed de vida espiritual de
muchos de nuestros contemporáneos”. Se calcula que en el mundo los
masones regulares no superan los tres millones, repartidos en dos
centenares de grandes logias nacionales reconocidas entre sí. A las
causas del descenso de miembros entre los países pata negra —EE UU, Reino Unido, Irlanda y Escocia— apuntadas por Jean-Pierre Rollet cabe añadir la edad provecta de sus integrantes.
La
media en España ronda los 50 años. Y el ingreso en alguna de las 178
logias regulares del país suele producirse entre los 30 y los 40. En
todo el territorio nacional se calcula que viven unos 4.000 masones.
Tres mil de ellos integran la Gran Logia de España. El millar restante
forma parte de la vertiente irregular, no reconocida por las grandes
logias internacionales. Desde la Gran Logia Simbólica Española,
donde se niegan a aceptar la etiqueta de “irregular”, dicen aglutinar a
736 hermanos y hermanas en 42 logias mixtas bajo la siguiente premisa:
“El modelo mixto, con hombres y mujeres, es la normalidad y reflejo de
los tiempos de ayer, de hoy y de mañana”. Dentro de dicha corriente
disidente, las estimaciones más optimistas también calculan unas 400
masonas, el 65% de ellas integradas en la Gran Logia Femenina de España.
“Las mujeres tienen protagonismo en la masonería, pero no en la Gran
Logia de España”, dice el gran maestro de la institución, Óscar de
Alfonso. “Seguimos una normativa medieval y juramos formar parte de una Orden que solo acepta a hombres creyentes en un dios.
Yo estoy casado, tengo hijas… Me gusta vivir el concepto de fraternidad
entre compañeros. Tal vez no lo sienta con las mujeres”.
—¿Quizá por eso se
les sigue viendo como una asociación excluyente, que deja conocimientos y
poderes en manos de ciertos hombres?
—Eso
no es cierto. No somos machistas. A las mujeres que quieren ingresar en
la Gran Logia de España les damos el contacto de otras logias que
admiten a mujeres.
Óscar
de Alfonso, abogado valenciano de 50 años, fue reelegido el pasado
marzo para un tercer mandato consecutivo como gran maestro de la Gran
Logia de España. La campaña electoral previa se convirtió en una lucha fratricida por el poder.
La polémica arreció tras la publicación de unas fotos de Óscar de
Alfonso en su cuenta de Instagram en las que aparecía con sus homólogos
brasileños en las termas de Goiás. En una de las imágenes,
el adjunto al gran maestro brasileño abrazaba el torso desnudo que De
Alfonso tapaba a la altura de su pecho con un par de cocos, chupando a
la vez el jugo de uno de ellos mediante una pajita. La escena cayó como
una bomba en plena campaña, a medida que se recrudecían las
hostilidades. “Me arrepiento de haber publicado la foto de los cocos”,
dice hoy De Alfonso. “Pero eso se amortizó pronto. Se me acusó de robar,
de meterme con la mujer de un hermano… ¿Cómo voy a meterle mano a la
esposa de un hermano? El 60/40 que saqué en las urnas fue fruto del
hartazgo de llevar ocho años en el poder y del hecho de que España es
cainita. Yo también conspiré contra Corominas y contra Carretero, mis
antecesores”. Tras el recuento que anunciaba una victoria con el 59% de
los votos sobre su rival, el abogado catalán Manuel Torres, el ganador
proclamó ante su equipo de campaña: “Ahora toca recomponer la
fraternidad”. Manuel Torres anunció días después su baja en la Gran Logia de España.
En estas elecciones tuvieron derecho a voto 1.100 maestros instalados, un
tercio de los miembros de la Gran Logia de España. El apoyo de los
extranjeros, que ronda el 30% de los integrantes, resultó crucial para
la victoria de Óscar de Alfonso. La mayoría son de origen británico y
están afincados en la costa mediterránea, Levante y Baleares, donde
disfrutan de su jubilación. Muchos acudieron a la Gran Asamblea en la
que se proclamó de nuevo a De Alfonso como gran maestro, celebrada en un
hotel de Madrid. De Alfonso también recibió los besos y abrazos de los
representantes de una treintena de delegaciones internacionales. En
total, 400 asistentes honraron al gran maestro en una ceremonia que
vigiló como guardatemplo Luis Alcaine. Una vez arrancó el
ritual, Alcaine invitó al intruso profano a abandonar el interior de la
sala con exquisitas maneras y afilada espada en mano.
El reelegido gran maestro Óscar de Alfonso se muestra partidario de un papel más visible. Y
no oculta su ambición. “Mi mujer quiere que me meta en política. Mi
desgracia es que todo lo que me propongo lo consigo. Para ser gran
maestro de la masonería española hay que tener una parte de cabrón,
porque si no te comen vivo. Cuando hago un cónclave voy con un machete
en la boca. En las altas esferas, más que a una fraternidad, se asemeja a
una organización política”. Y como reflejo del contexto profano, De
Alfonso ahonda: “El independentismo ha entrado en la masonería. Un 25% o
un 30% de los más de 400 miembros de la Logia Provincial de Cataluña
tienen ideología independentista. Hicimos un comunicado con motivo de la
declaración unilateral de independencia diciendo que la Gran Logia de
España está con la Constitución Española”. Meses antes de aquel
comunicado, el expresidente catalán Carles Puigdemont asistió como
invitado a la Gran Asamblea anual celebrada el año pasado en Barcelona.
Una presencia que provocó un revuelo formidable en medio del procés. Respecto a las relaciones con la política, De Alfonso asegura: “Tenemos prohibido hacer presión, lobby
o influencia en la aplicación de las leyes. En otros momentos de la
historia española, como durante la II República, la política y la
masonería estaban muy implicadas. Pero no creo que se haya buscado el
poder por el poder. Tampoco hay desgraciadamente ningún masón entre los
grandes CEO del Ibex 35. Algunos hermanos me reprochan que por eso no
avanzamos”.
El barómetro de la asociación, conocido como el CIS de los masones, apunta que la mayoría de sus miembros se define como liberal.
El conservadurismo forma la segunda tendencia política con un 14% de
adscritos, cifra equivalente a los que se sienten socialdemócratas.
Apenas un 5% se declara ateo, el 34% se adscribe a alguna espiritualidad y cerca de un 48% se considera cristiano.
Solo tres de cada diez candidatos culminan el ingreso. A partir de
entonces, abonan una cuota de acceso de 300 euros y otra mensual de 30.
La Gran Logia de España cuenta con dos millones y medio de euros de
patrimonio y un presupuesto anual de 800.000 euros, que no incluyen
salario para el gran maestro. En el salón de los pasos perdidos de la
sede madrileña de la institución hay un retrato de los grandes maestros
desde el renacimiento de la masonería española tras 40 años de
aniquilación franquista. El fallecido Luis Salat dirigió la refundación a
principios de los ochenta. Le siguieron el gallego Tomás Sarobe, que
después estuvo un tiempo apartado de la Orden; Josep Corominas,
psiquiatra catalán que abandonó la Gran Logia de España para fundar su
propia Gran Logia Ibérica Unida; José Carretero, empresario catalán
contra quien la Gran Logia de España pleiteó por las transacciones de
unos inmuebles, y el actual líder, Óscar de Alfonso.
Bajo
este salón de los pasos perdidos están los dos templos principales. Y
un pequeño cuarto bajo las escaleras, llamado “cámara de reflexión”,
para los iniciados por el rito escocés. En su oscuro interior hay una
mesa de madera sobre la que reposan un ejemplar de la Biblia, un reloj
de arena, un mendrugo de pan, una copa con agua, una vela negra, tarros
con mercurio, azufre y sal, y un folio en blanco donde el aspirante
escribe su testamento antes de morir y adentrarse en una nueva vida como masón. A la espalda, un esqueleto humano anticipa el trance.
La tenebrosa
simbología ha fomentado durante siglos mitos y leyendas. Como la que
atribuye el culto a Lucifer en homenaje a los templarios acusados de
herejía, o pisar crucifijos. “Soy católico. ¿Cómo voy a pisar
ningún crucifijo ni a venerar a Lucifer? Niego haberlo hecho y niego que
la masonería sea eso”, asegura Felipe Llanes, soberano gran
comendador del Supremo Consejo del Grado 33 y Último del Rito Escocés
Antiguo y Aceptado para España. “Se dice que, bajo tortura, los
templarios pisaron la tiara o un crucifijo. Para vengar la muerte de
Jacques de Molay, último gran maestre de la Orden del Temple, algunos
irregulares hacen gestos así contra la Iglesia. Pero la masonería
pretende que, si eres católico, seas mejor católico. Nuestra Orden tiene
hoy unas relaciones con la Iglesia católica fluidas y armoniosas.
Estamos detrás de una declaración explícita del Papa con respecto a la
masonería, que defiende la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y
desde el Supremo Consejo, aprender a ser mejores”.
El Supremo Consejo del Grado 33
es una agrupación asociada a la Gran Logia de España. Desarrolla grados
filosóficos que van desde el 4º (posterior a los esenciales de
aprendiz, compañero y maestro) hasta el 33º y último. Su sede en España
ocupa una pequeña nave cercana al madrileño parque del Retiro. “No
pongas la dirección, que siempre hay vándalos”, dice el soberano gran
comendador. Con otros 20 veteranos caballeros, este profesor
universitario de medicina jubilado forma la élite de los miembros del
Grado 33 Activo. Portan un collar con el águila bicéfala y son “coronados” en un templo rodeado de pesadas cortinas rojas y atmósfera lynchiana.
“Solo unos pocos llegan al 33 activo para atender las dificultades
administrativas y espirituales de los miembros del Supremo Consejo, que
son unos 450 de los 3.000 masones españoles”, dice Felipe Llanes. Su
antecesor es Jesús Soriano, doctor en Ciencias Geológicas jubilado: “La
Gran Logia de España y el Supremo Consejo están al mismo nivel. ¿Quién
es más, el Banco Santander o el Banco de Bilbao, España o Francia?”.
Felipe
Llanes inició al malogrado financiero Mario Conde en el grado 4º del
Supremo Consejo. Y dice sobre él: “Es un hombre excelente al que tengo
mucho cariño. Sus problemas penales los arregló judicialmente. Ahora no
está en el Supremo Consejo”. En cuanto al impacto de la actividad de
este organismo, Llanes sintetiza: “Celebramos rituales y debates,
llamados balaustres, en los que algún miembro de alto grado expone su
opinión y se analiza. Del jugo de esos trabajos surge la influencia
hacia la sociedad. Yo después puedo escribir un editorial en un
periódico o hacer una declaración fruto de esos contrastes”. Rufino Paz,
médico internista jubilado y teniente gran comendador del Supremo
Consejo, añade: “Una cosa que enseña la masonería es a morir bien: hay
demasiado tabú sobre la muerte en la sociedad actual”. A Rafael López no
le asustan los tabúes, y nunca ha ocultado su pertenencia a la
masonería. Miembro del Grado 33 Activo, ha ejercido hasta su jubilación
como director general de grandes compañías. “En la última gran
inmobiliaria en la que trabajé, mi presidente siempre supo que soy
masón”.
La historia del Supremo Consejo ha estado ligada al Grande Oriente Español, creado en 1889, hasta que este último se integró en 2001 en la Gran Logia de España.
El Ayuntamiento de Madrid ha colocado recientemente una placa de
homenaje a la sede que el Grande Oriente tuvo en la calle del Pretil de
los Consejos. Como sintetiza el masonólogo jesuita José Antonio Ferrer
Benimeli, “la historia de la masonería en España es, ante todo, la
historia de su persecución”. En su libro La masonería española,
Ferrer Benimeli cuenta cómo ha sido prohibida durante la mayor parte de
su devenir desde la fundación de la primera logia en Madrid por el
duque de Wharton en 1728 hasta la democracia. Tras el auge con la II
República, se aniquiló en la zona nacional durante la Guerra Civil. El
“contubernio judeo-masónico-comunista” que obsesionó a Francisco Franco
—cuyo hermano Ramón fue masón, y se dice que el propio dictador, antes
de serlo, habría intentado ingresar en una logia— tuvo como órgano
punitivo el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el
Comunismo. Sus huellas permanecen en el Archivo de Salamanca.
El Centro Documental de la Memoria Histórica del Archivo de Salamanca atesora un testimonio de primer orden sobre
la represión de la masonería durante el franquismo en forma de 80.000
expedientes en un país que apenas contaba entonces con 6.000 masones. Bajo
la acusación de serlo, varios miles fueron fusilados. En la entrada se
recrea una supuesta logia tal y como la imaginaba Franco. Y entre las
fichas de investigados hay categorías dedicadas a rotarios, teósofos,
librepensadores… Expedientes que van desde Clara Campoamor hasta
Victoria Kent o el expresidente de la II República Manuel Azaña. “Nombre
profano: Manuel Azaña Díaz. Nombre simbólico: Plutarco. Grado masónico:
1º (aprendiz). Logias: Matritense e Hispano Americana nº 2”.
Ocho décadas después,
en pleno 2018, Agustín Martínez zumba libre en su Suzuki decorada con
símbolos masónicos. Maestro de 58 años, y miembro de diversos grados
filosóficos, se inició al mudarse al campo toledano. “Iba a tomar café a
un bar donde se hablaba de fútbol y de mujeres. Ni me interesa el
fútbol, ni la forma en la que se hablaba de las mujeres. En la masonería encontré un espacio donde debatir en torno a asuntos más interesantes”.
Cae
la noche en Madrid y la logia Phoenix comienza el ágape de la tenida.
Los aprendices sirven de primer plato un pastel de verduras. “Luego nos
comemos a los niños”, bromea el maestro Fernando Castilla. Y estallan
carcajadas. Primer brindis con vino tinto, en honor al jefe del Estado
español. Tras cada brindis, los presentes dibujan tres triángulos con el
dedo índice en el aire y ejecutan una salva de 21 aplausos. Segundo
lance: “Por todos los jefes de Estado que en el mundo amparan y protegen
a la masonería”. Segundo plato de pescado empanado con arroz. Y tercer
brindis: “A la gloria del gran maestro de la Gran Logia de España”. De
postre, deliciosa tarta de manzana. Y el venerable maestro abre el turno
de discursos. Reflexiones en pie sobre aspectos que van desde la idea
de fraternidad hasta la importancia de la filantropía —la logia Phoenix
colabora con la Fundación San Martín de Porres—, pasando por explicar en
qué consiste todo esto. Antes del último brindis de la noche, que se
beberá de un trago a copa llena, un hermano apostilla: “Somos
caballeros de Dios y tenemos que dar ejemplo sacrificándonos por los
demás. No somos amigos, sino hermanos. Y a un hermano se le ayuda
siempre. He dicho”.Bruselas busca en España un aliado para la reforma del euro
“Formar un Gobierno para tres días sería tomar el pelo a los ciudadanos”
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