La otra mente Los minicerebros cultivados a partir de células madre son una realidad Conéctate Javier Sampedro 3 MAY 2018 - 00:00 CEST Colonias de células madre en el Instituto Johns Hopkins de Ingeniería Celular en Baltimore, Maryland. Colonias de células madre en el Instituto Johns Hopkins de Ingeniería Celular en Baltimore, Maryland. AMY DAVIS / GETTYIMAGES Estamos tan obsesionados con los robots, esos amasijos de chatarra que nos ganan al ajedrez y al póker, que nos humillan y nos quitan el empleo, estamos tan absortos en su maldita superioridad de silicio que se nos está pasando la otra gran amenaza a nuestra envergadura cósmica, la que ha inspirado siempre a los ingenieros y a los científicos de la computación, la que lleva 4.000 millones de años resolviendo los problemas que nuestra tecnología apenas empieza a arañar ahora: la naturaleza misma. Una forma de crear mentes es, qué duda cabe, partir de las unidades de información matemáticamente más simples, conectarlas en los circuitos lógicos más elementales y organizarlas en sistemas de inteligencia artificial que ya pueden aprender y extraer pautas abstractas de la experiencia. Pero hay otra forma que solemos ignorar, pese a que sus probabilidades de éxito se fundamentan en bases muy sólidas. Se trata de partir de los autómatas microscópicos más deslumbrantes que conocemos, las células madre, y usarlas para crear cualquier parte del cuerpo, que es justo lo que mejor saben hacer. Y recuerda que el cerebro es un órgano como cualquier otro, que la mente no es más que un trozo de cuerpo. ADVERTISING inRead invented by Teads Los minicerebros cultivados a partir de células madre son una realidad. Miden unos 4 milímetros de diámetro y tienen 2 o 3 millones de células (en comparación con 86.000 millones de neuronas de un cerebro humano típico). Duran vivos un par de años. Si las células madre se obtienen de la piel de un paciente, los minicerebros tendrán su autismo, esquizofrenia o microcefalia inducida por el virus Zika. Son sistemas muy valiosos para investigar las causas últimas de esas condiciones neurológicas. También se pueden trasplantar a ratones, cosa que se ha hecho con cierto éxito. Por el momento, los minicerebros solo pueden recibir unas señales sensoriales muy primarias, por ejemplo cuando se asocian con células de retina, y las conexiones que pueden formar con otras regiones cerebrales son limitadas. Pero solo estamos en el amanecer de esta biotecnología. La jurista Nita Farahany, directora de la iniciativa para la ciencia y la sociedad de la Universidad de Duke, el neurocientífico Christof Koch, el genetista George Church y otros 12 colegas han publicado en Nature un borrador de recomendaciones para los legisladores y el público informado, o el que desee informarse. La élite científica está genuinamente preocupada por las futuras mentes en cultivo. Nosotros deberíamos preocuparnos también, ¿no les parece?
Colonias de células madre en el Instituto Johns Hopkins de Ingeniería Celular en Baltimore, Maryland. AMY DAVIS / GETTYIMAGESEstamos tan obsesionados con los robots, esos amasijos de chatarra
que nos ganan al ajedrez y al póker, que nos humillan y nos quitan el
empleo, estamos tan absortos en su maldita superioridad de silicio que
se nos está pasando la otra gran amenaza a nuestra envergadura cósmica,
la que ha inspirado siempre a los ingenieros y a los científicos de la
computación, la que lleva 4.000 millones de años resolviendo los
problemas que nuestra tecnología apenas empieza a arañar ahora: la
naturaleza misma. Una
forma de crear mentes es, qué duda cabe, partir de las unidades de
información matemáticamente más simples, conectarlas en los circuitos
lógicos más elementales y organizarlas en sistemas de inteligencia
artificial que ya pueden aprender y extraer pautas abstractas de la
experiencia. Pero hay otra forma que solemos ignorar, pese a que sus
probabilidades de éxito se fundamentan en bases muy sólidas. Se trata de
partir de los autómatas microscópicos más deslumbrantes que conocemos,
las células madre, y usarlas para crear cualquier parte del cuerpo, que
es justo lo que mejor saben hacer. Y recuerda que el cerebro es un
órgano como cualquier otro, que la mente no es más que un trozo de
cuerpo.
Los minicerebros cultivados a partir de células madre son una
realidad. Miden unos 4 milímetros de diámetro y tienen 2 o 3 millones de
células (en comparación con 86.000 millones de neuronas de un cerebro
humano típico). Duran vivos un par de años. Si las células madre se
obtienen de la piel de un paciente, los minicerebros tendrán su autismo,
esquizofrenia o microcefalia inducida por el virus Zika. Son sistemas
muy valiosos para investigar las causas últimas de esas condiciones
neurológicas. También se pueden trasplantar a ratones, cosa que se ha
hecho con cierto éxito. Por el momento, los minicerebros solo pueden recibir unas señales
sensoriales muy primarias, por ejemplo cuando se asocian con células de
retina, y las conexiones que pueden formar con otras regiones cerebrales
son limitadas. Pero solo estamos en el amanecer de esta biotecnología.
La jurista Nita Farahany, directora de la iniciativa para la ciencia y
la sociedad de la Universidad de Duke, el neurocientífico Christof Koch,
el genetista George Church y otros 12 colegas han publicado en Nature un borrador de recomendaciones para los legisladores y el público informado, o el que desee informarse. La élite científica está genuinamente preocupada por las futuras
mentes en cultivo. Nosotros deberíamos preocuparnos también, ¿no les
parece?
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