miércoles, 11 de abril de 2018

San Juan Pablo II y el genio femenino, por Carolina Crespo Lola González 26 octubre, 2015





Desde pequeño, Karol Wojtyla llevaba dentro de sí, en su corazón, un sentimiento muy propio  de la tradición polaca: un gran respeto y una gran consideración hacia la mujer, especialmente hacia la mujer- madre de familia. Pero, la atención y sensibilidad mostrada por San Juan Pablo II hacia el mundo femenino tenía sobre todo su origen en la temprana pérdida materna. Su madre, Emilia Kaczarowska falleció cuando él tenía ocho años, una edad en la que su madre dejó una impronta indeleble. En su mente tenía un ideal de madre, debido a la estrecha relación con la suya: una madre tierna, sumamente sensible y muy femenina. Sin duda, el recuerdo de esta mujer estará siempre presente cuando en la cátedra de Pedro habla del genio femenino como nunca antes lo hiciera ningún pontífice. En la Carta a las mujeres hace un solemne reconocimiento del genio femenino y del carácter específico de la mujer, de su vocación y, atendiendo a su femeneidad, de la misión que debía desarrollar en el seno de la sociedad y de la Iglesia. Su apuesta por la mujer no fue en absoluto una forma de mantenerla contenta. Ese genio de la mujer que él reivindicaba se encuentra de manera sublime  en la Virgen María: esposa, madre, hija, misionera, trabajadora. Su devoción mariana se trasluce en sensibilidad hacia el universo femenino. Pero,  San Juan Pablo II también dignificó  a la mujer-trabajadora, que con su particular psicología enriquecía y contribuía a la edificación de unas estructuras económicas y políticas más humanas. Él siempre estuvo a favor de que las mujeres desarrollaran todos sus dones en aras de una sociedad más habitable. Al constatar que en el mundo se estaba extendiendo cada vez más la falta de respeto a la mujer, hasta el punto de considerarla como un objeto de placer, de diversión, el Papa quiso restituirle su dignidad y reconocer su papel en la sociedad, tal como lo demostró en Mulieris dignitatem. En Cruzando el umbral de la esperanza denuncia que hay un cierto feminismo que tiene sus raíces en la ausencia de un verdadero respeto por la mujer y lamenta que la mujer se haya convertido en un objeto de placer; de esta manera, lejos de liberarse, la mujer se somete a la mayor de las esclavitudes. Viendo con los ojos de la fe, con los ojos del corazón y con el gran cariño a su memoria, podemos decir que nadie defendió tanto a las mujeres como San Juan Pablo II, el Grande. CAROLINA CRESPO FERNÁNDEZ

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