Ver fotogaleríaVisitantes junto al Muro de las Lamentaciones, uno de los grandes lugares sagrados del judaísmo.Paolo Pellegrin
Judía laica, ultraortodoxa, árabe y cristiana, Jerusalén no es una
sino sucesivas ciudades y, lo que es peor, enfrentadas. El fascinante
curso de su historia y su cultura contrasta con su cruel devenir en
manos de la política, la violencia y la desesperanza. La decisión de
Donald Trump de reconocerla como capital de Israel no ha ayudado a
apaciguar la vida en “la ciudad imposible”.
NO CREO QUE mi generación vaya a ver el fin del conflicto en Jerusalén, y menos aún tras la decisión de Donald Trump de reconocerla como capital de Israel”,
asegura el historiador Meir Margalit mientras menea la cabeza en el
Instituto Van Leer, un remanso de sosiego en el tráfago de la Ciudad
Santa. “En Jerusalén existen tres narrativas superpuestas, pero
hostiles, en un mismo espacio. Tres sistemas culturales que luchan por
imponer su propia versión: el judío laico, el judío religioso y el árabe
[palestino]”. Cada uno representa aproximadamente un tercio de sus
cerca de 900.000 habitantes. La urbe se extiende hoy sobre 124
kilómetros cuadrados a ambos lados de la Línea Verde, una zona de
separación sembrada de alambradas y barricadas que la dividió hace 70
años, cuando el recién fundado Estado de Israel se apoderó de la parte
occidental, hasta 1967, en el vuelco histórico que supuso la guerra de
los Seis Días. El Gobierno israelí sostiene que ha encarnado la
capitalidad del pueblo judío durante 3.000 años y la del Estado hebreo
desde 1948. Pero los palestinos reclaman la parte oriental de la urbe
como capital de su futuro Estado.
Margalit
(Buenos Aires, 1952) emigró a tiempo para combatir con 21 años en la
guerra de Yom Kipur en el Sinaí antes de caerse del caballo de la
derecha sionista que cabalgaba en Argentina y abrazar la fe de la
izquierda pacifista israelí. Concejal durante 10 años en el Ayuntamiento
de Jerusalén por el partido Meretz, es autor de Jerusalén, la ciudad imposible,
una obra por la que acaba de recibir el premio de ensayo que concede la
editorial española Catarata. “No es una, son varias ciudades. El
término hebreo ‘Yerushalaim’ y el árabe ‘Urshalim’ son formaciones
lingüísticas plurales, que deberían traducirse como los Jerusalenes”,
explica, y pone como ejemplo los tres departamentos en que se divide el
sistema escolar que pervive en la ciudad: el de educación normalizada
(laica), el ultraortodoxo y el árabe. Cada uno tiene sus propios
programas.
ver fotogaleríaJudíos ortodoxos pasean por la Ciudad Vieja de Jerusalén. La urbe suma en torno a 900.000 habitantes.Paolo Pellegrin
Entre las callejuelas del barrio cristiano de la Ciudad
Vieja, un portal que parece extraído de la era de los cruzados da paso
al colegio del Pilar. En la azotea de la que hasta 1923 fue sede
consular ondea la única bandera española izada dentro del recinto
amurallado. Lo dirige la madre Marta Gallo (Burgos, 1944). “Jerusalén es
un lugar agresivo”, avisa esta misionera de las Hijas del Calvario
curtida en Zimbabue. “Durante los acuchillamientos de los últimos años
he tenido que acompañar más de una vez a alguna niña pequeña hasta la
puerta de Damasco; sus padres no podían franquear los retenes
policiales”, relata casi como si se tratara de una anécdota.
La Asamblea General de Naciones Unidas aprobó en 1947 un plan de partición de la Palestina bajo mandato británico, recogido después en la resolución 181 del Consejo de Seguridad, que declaró Jerusalén corpus separatum
bajo control internacional. Marta Gallo acude cada madrugada desde hace
16 años al rezo del cercano Santo Sepulcro. Luego abre las puertas del
centro, en el que estudian dos centenares de alumnas cristianas y
musulmanas de entre 4 y 18 años, casi todas con escasos recursos. “Aquí
seguimos el programa oficial de la Autoridad Palestina, que nos facilita
los libros de texto, pero también dependemos del Ministerio de
Educación israelí, que nos ha obligado a instalar wifi en cada clase”,
detalla.
Dos sistemas de transporte público discurren separados por
las calles de cada sector urbano. A un tiro de piedra de la Ciudad Vieja
y frente a la estación de autobuses del Este, la palestina cristiana
Dolin Qaquish, de 22 años, llega jadeando a la cafetería del hotel
Jerusalén. Viene desde una cárcel de la región del Negev, en el sur de
Israel, donde ha visitado a su hermano mayor, que cumple 12 años de
condena por herir a cuchilladas a dos israelíes ante la puerta de
Damasco, el principal acceso al barrio histórico musulmán.
Desde que estalló la intifada de los cuchillos en 2015 han muerto unos 300 palestinos, 50 israelíes y 7 extranjeros.
Una lágrima discurre en paralelo al piercing que le
perfora la aleta izquierda de la nariz mientras narra su visita a la
prisión del Negev. “La Ciudad Vieja se ha convertido en una zona
militar”, censura, aludiendo a la reciente construcción de puestos
permanentes para la policía de fronteras (cuerpo militarizado) en Bab al
Amud, como los palestinos denominan a la puerta de Damasco. “Me he
criado en la Ciudad Vieja y seguiré viviendo aquí, pero no hay razones
para el optimismo. Puede que haya que esperar 100 años a que cambien las
cosas”. Antes de graduarse en Periodismo en Ramala, sede administrativa
de la Autoridad Palestina situada 20 kilómetros al norte de Jerusalén,
Dolin Qaqish estudió desde los 6 hasta los 12 años en el colegio del
Pilar de Jerusalén.
Tras el estallido en octubre de 2015 de la llamada Intifada de los cuchillos,
una ola de violencia se ha cobrado la vida de medio centenar de
israelíes, siete extranjeros y más de 300 palestinos, dos tercios de los
cuales fueron abatidos por las fuerzas de seguridad al ser considerados
atacantes. En la Ciudad Vieja, el “choque religioso y de civilizaciones
se escenifica aún con más virulencia”, subraya Margalit. Después de más
de dos décadas de trabajo social en la ciudad y de un decenio de
actividad en la gestión municipal, contempla Jerusalén como una
metrópoli “fragmentada por barreras étnicas, religiosas, identitarias,
psicológicas…”. En definitiva, una “no ciudad” que se dirige hacia una
“reacción explosiva”. Los 300.000 palestinos que la habitan carecen de
ciudadanía en su ciudad natal. Desde 1967, 14.000 de ellos han sido
privados del permiso de residencia por las autoridades israelíes.
La guerra de los Seis Días que libró el Ejército hebreo hace
50 años contra una coalición de Estados árabes se saldó con la
ocupación de Jerusalén Este, incluidos los santos lugares de la Ciudad
Vieja. En 1980, la Kneset (Parlamento) aprobó la anexión del sector
oriental y de poblaciones anejas de Cisjordania a la “capital eterna,
unida y permanente de Israel”. La comunidad internacional ha venido
condenando desde entonces la medida unilateral como contraria a la ley
internacional.
ver fotogaleríaEntrada
a la Ciudad Vieja por la puerta de Damasco (Bab al Amud para los
palestinos). Situada en el noroeste de la población, es el principal
acceso al barrio musulmán.Paolo Pellegrin
La barrera construida por Israel en Cisjordania a partir de
2002, después del estallido de la Segunda Intifada, se plasma en el
término municipal de Jerusalén en altos muros de hormigón que han
excluido de hecho de la ciudad algunos de los núcleos palestinos que
fueron anexionados. Miembros del actual Gobierno de Benjamín Netanyahu,
considerado por muchos de sus detractores como el más derechista en la
historia de Israel, plantean ahora la segregación de esos distritos por
razones de seguridad. “Quieren sacárselos de encima”, traduce Margalit,
para postergar un sorpasso demográfico palestino en la Ciudad
Santa. Entre la incuria patente del Este y el aparente orden del Oeste
median “dos mundos”, destaca el antiguo edil. “No hay sociedad
multicultural posible ante la asimetría entre la comunidad israelí,
hegemónica, y la palestina, subordinada”. En Abu Dis, Shuafat, o Kfar
Aqab —en la tierra de nadie situada al otro lado del muro de
separación—, viven más de 100.000 palestinos. Al atravesar el paredón de
hormigón se penetra en una dimensión de abandono de toda noción de
ciudad. No es ni judía ni árabe.
Extramuros, Enash Jubran, tendera de 33 años, vive con su
marido y sus cuatro hijos en Kfar Aqab, en un piso con vistas al muro
gris donde alguien ha pintado una puerta con la inscripción en inglés
“Exit” (salida). No está lejos del paso de Qalandia, frontera en la
principal vía que lleva desde Jerusalén a Ramala. Las lluvias de
invierno han generado un mar de barro en torno a los bloques de 12
alturas construidos sin licencia. La basura flota en el fango.
Hace un año que se mudó con su familia desde el campo de
refugiados de Shuafat, donde se crio en el seno de un clan palestino
desplazado por el nacimiento del Estado hebreo en 1948. Posee la tarjeta
de la UNRWA, la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, un
carné de identidad israelí y paga las tasas locales del Ayuntamiento de
Jerusalén aunque muchos creen que reside en Cisjordania. También le debe
a un banco 250.000 sequels (unos 58.000 euros), algo más de la mitad de
lo que cuesta su vivienda.
El conflicto se da entre proyectos antagónicos que niegan legitimidad al vecino por razones étnicas o religiosas
“El Ejército nos ha notificado la próxima demolición del
edificio después de meses de pleitos. Volveremos a ser refugiados otra
vez”, explica con más tristeza que rabia. “Aunque llevamos toda la vida
de mudanza, ya estamos hartos de sentirnos exiliados en nuestra propia
ciudad. Yo soy de Jerusalén…”. Frente a su balcón, los obreros siguen
construyendo nuevos bloques sin permiso para familias con vidas
divididas por el muro. “Por el paso de Qalandia, son 40 minutos en coche
hasta el centro, pero siempre hay problemas: a menudo tenemos que
cerrar las ventanillas por los gases lacrimógenos. Es como vivir en otro
país”, describe Enash Jubran a propósito de su trayecto cotidiano.
En Jerusalén, la ciudad imposible, Margalit intenta
sintetizar el drama de esta urbe, el conflicto entre “proyectos
antagónicos que en nombre de la pureza étnica, nacional o religiosa
niegan la legitimidad del vecino”. Los palestinos se suelen dejar ver
—en especial mujeres y jóvenes— por la zona occidental de Jerusalén
cuando desciende el nivel de violencia, pero como observa el exconcejal,
“solo circulan puntualmente por centros de trabajo, oficinas públicas o
centros médicos y comerciales, en una suerte de ‘movilidad
restringida”. Puede haber roce, pero apenas hay contacto, solo
desconfianza.
Nacido en Lisboa hace 75 años en una familia judía
melillense, José Benarroch abandonó la Universidad Complutense en 1969
para concluir los estudios de Derecho en la Universidad Hebrea de
Jerusalén. Revela que se lo recomendó el propio David Ben Gurión,
fundador del Estado de Israel, cuando le invitó a la aliyá
(inmigración). La Ley del Retorno israelí permite a un judío de
cualquier parte del mundo establecerse en Israel y obtener
automáticamente la ciudadanía. Lo recuerda en un concurrido restaurante
del distrito de Baqa, cuyas elegantes casas, habitadas mayoritariamente
por árabes hasta 1948, conforman ahora un vecindario de clase media
judía.
“No cambio Jerusalén por ninguna otra ciudad del mundo”,
asevera Benarroch, que pasó por el servicio diplomático israelí antes de
dedicarse a la gestión universitaria. “Su espiritualidad única, su rico
entorno intelectual… Aunque, desde luego, no viviría en Meah Shearim
[el principal barrio ultraortodoxo], prefiero espacios más abiertos como
este”, confiesa. “¿Para cuándo un Estado palestino?”, repite la
pregunta que se le formula para poder meditar mejor una respuesta.
“Existe un gran recelo entre la población israelí”, argumenta. “Tardará
en llegar un futuro de armonía”.
Por lo general, resulta raro que un ciudadano judío
atraviese la simbólica separación de la Línea Verde hacia los barrios
palestinos, si bien más de 200.000 israelíes se han instalado en
asentamientos en Jerusalén Este a partir de 1967. Colonos nacionalistas
radicales viven ahora también en el barrio musulmán, e incluso en el
cristiano, de la Ciudad Vieja, protegidos por guardaespaldas privados y
por las fuerzas de seguridad, y en distritos históricos cercanos, como
Silwán, una barriada al sur del recinto amurallado con aire de favela
donde 450 colonos se han asentado entre 20.000 palestinos.
ver fotogaleríaPanorámica
de las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén: una imagen emblemática
para una urbe tan llena de historia y cultura como de problemas
políticos.Paolo Pellegrin
Otro veterano conocedor de Jerusalén, el periodista y
escritor barcelonés Eugenio García Gascón, afincado en la Ciudad Santa
desde hace 27 años, coincide con el diagnóstico pesimista de Margalit.
“Un espacio que se sustenta sobre las etnias, es decir, sobre la
división de las comunidades, está condenado a no vivir en paz”,
previene. Entre otras obras, es autor de dos dietarios sobre Jerusalén,
el último publicado en 2017 bajo el título La derrota de Oriente
(Libros del K.O.). “La existencia de cada grupo gira alrededor de sus
creencias, sin mirar al bien común. Al contrario, miran más a lo que les
separa como comunidades que a lo que les une”. Su respuesta llega tras
un encuentro en la terraza del Café de París, situado frente a la sede
de la residencia del primer ministro de Israel, en el distrito acomodado
y mayoritariamente judío laico de Rehavia. En un gesto de
reconciliación con la personalidad múltiple de una urbe en la que lleva
media vida, García Gascón confiesa en su segundo dietario que ha
regresado “sin resentimientos” al café del que desertó años atrás cuando
se transformó en un local kosher, conforme al ritual judío.
Donald Trump ha anunciado el traslado de la Embajada de EE UU a Jerusalén
coincidiendo con el 70º aniversario de la fundación del Estado de
Israel, el próximo 14 de mayo. Hasta 13 países latinoamericanos llegaron
a contar con representación diplomática en la parte occidental de la
Ciudad Santa, pero todos acabaron trasladando sus legaciones a Tel Aviv
después de la anexión de la zona oriental en 1980. Guatemala y otros
Estados parecen dispuestos a seguir los pasos de Washington, en un
cambio de paradigma que ha sido mayoritariamente condenado de nuevo en
la ONU.
“La ciudad precisa una separación funcional, necesita ser
dividida para poder estar unida algún día”, concluye Margalit mientras
recoge sus papeles en una mesa de la biblioteca del Instituto Van Leer,
por donde se asoma la línea vanguardista del edificio hacia un jardín
próximo a la residencia del presidente del Estado. Cree que no vivirá
para contarlo, pero el historiador predice que “la ocupación se acabará
colapsando en una crisis política por la limitación que supone para la
democracia de Israel y por la discriminación que impone a otro pueblo”.
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